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La Oda A La ‘súper-vivencia’ En El Norte De Vietnam (II)

II. EL ARROZ COMO PARTE DE LA FAMILIA

«Podrás perder mil batallas pero solamente al perder la risa habrás conocido la auténtica derrota»
Ho Chi Minh, líder revolucionario y presidente de la República Democrática de Vietnam (1954 – 1969).

Cuando recibimos la invitación por parte de Asiática Travel para viajar hasta el norte de Vietnam, pensábamos que nos encontraríamos un país en el que las diferentes y terribles guerras habían hecho mella. Después de convivir con algunos de los grupos étnicos y su cultura, comprendimos más la frase de su alabado líder. Esta es nuestra historia.

Dejamos atrás el valle para subir por otra de las carreteras. Hoy el día es espectacular. El sol nos acompañará el resto de jornadas, por lo que cada vez que vemos un lugar para poder hacer una fotografía, nuestro conductor mira nuestras caras a través del espejo retrovisor y no hacen falta palabras. Para al segundo.

Selfies, fotografías para documentar, parada para el pipí e instantáneas de grupo. Nhung, aparte de guía, descubrimos que es una experta en redes sociales, sobre todo instagram, así que decidimos por unanimidad que sea la fotógrafa oficial del grupo. Su primera respuesta es un «nooooo…» a su estilo, pero pronto la convencemos. 

Y a las pocas horas de dejar Mai Châu, unas enormes plantaciones de té se abren a nuestro paso. Es Thanh Son. Por unos minutos creo estar en Sao Miguel, en Azores, viendo todos los campos de té. Y como por arte de magia el paisaje se transforma en un mixto de arroz y té a partes iguales, como si lo hubieran dibujado con una escuadra y un cartabón al milímetro para dar esa sensación de que todo está perfecto.

Sociedades cooperativas para vivir del arroz

Horas más tarde llegamos a Nghia Lô. Seguimos con suerte. Nuestro conductor conoce bien la zona y comenta a Nhung que podemos ver cómo recogen la cosecha en esta zona. Ahora sí que sí me declaro masterizada en arroz.

Los miembros de una familia están recolectando su campo. «Pero, ¿estos son thai también?», pregunto a Nhung. «¡Nooooo…! estos son de la etnia muong, los de estos días eran thai», nos explica nuestra guía. Tenemos a veces un poco de lío porque a nuestros ojos nos cuesta diferenciarlos, entre ellos es más que claro y raro es que se mezclen las familias. Las mujeres visten con faldas de terciopelo negro, camisas entalladas y las mayores se suelen teñir los dientes como símbolo de madurez.

Sin embargo, aquí en el campo poco distinguimos. Vemos a varias personas enfangadas y descalzadas, otras con botas, con gorros y pañuelos para mitigar el calor del sol y muy cubiertas para que no les pique la paja que se desprende al recolectar el arroz. El cereal está listo para hacer pequeños paquetes y meterlo en la trilladora —compartida entre todos y comprada por la sociedad cooperativa— que separa el grano de la paja. El espectáculo de la recolecta es como una maquinaria humana perfecta, aunque el esfuerzo de toda la familia sin importar la edad es bestial. Realmente se nota que es su vida y se deja la piel en ello.

Hoy dormiremos en otra casa particular, en una guest house del mismo estilo que nuestro primer hogar en el norte de Vietnam. Construida sobre pilares y de dos plantas. Arriba la zona de dormitorios, al estilo rural con mosquiteras y diáfano, hoy encontramos un pequeño altar donde reposan las fotos de los familiares fallecidos. Mirando tranquilamente aquel rincón me viene a la mente lo que cuenta Oriana Fallaci, la autora de Nada y Así Sea —el libro que me acompaña todas las noches del viaje—, sobre los altares cuando los vietcong tienen que dejar sus casas porque son atacados por los norteamericanos: «en los pueblos es muy profundo el culto a los muertos: abandonar el pequeño templo consagrado a los muertos sin encender una candela es un enorme sacrilegio». Imagino la terrible escena décadas atrás.

Después de un agradable paseo por la aldea para ver alguna casa más y conocer de más cerca a los muong, la hora de las duchas, de la cena y de las confidencias se aproxima. La dueña de la casa donde nos alojamos nos trae bambú, rollitos, fruta de ojo de dragón, arroz… y curiosas preguntamos por el traje típico. Nos enseña esa larga falda negra, una camisa blanca con broches de plata para las grandes ocasiones —guardada en una caja fuerte—, y estamos maravilladas con su pelo negro y largo cuando se deshace su gran moño. «Sí, aquí la belleza se rige por el color de pelo y la longitud, cuanto más largo más bella es», argumenta Nhung.

Realmente estamos seis mujeres, con idiomas diferentes, de diversas regiones del planeta, pero nos entendemos a la perfección. El ambiente es tan distendido que la dueña decide orgullosa sacar su álbum familiar para que podamos ver quién es quién en su vida. ¡Cuánta confianza generada a través de miradas y sonrisas! La mujer se va unos segundos y vuelve con una cesta llena de hojas verdes. Son las nueve de la noche, pero aquí nadie para de trabajar. Pregunto a nuestra guía si es té como el que vimos en la mañana, «nooooo… son unas hojas cogidas en el campo, se las da un vecino, las mete dentro de la almohada de sus hijos para que estos duerman mejor». Decidimos ayudarla para que termine antes. Es tarde.

Cuando en el mercado está la esencia de la cultura

A la mañana bien temprano nos despedimos de nuestros anfitriones y nos paramos curiosas para descubrir el lugar de más vida de cualquier cultura: el mercado. Visitamos el mercado del pueblo (cho en vietnamita) y realmente comenzamos a entender que la comida es lo principal en esta región.

Todo fresco, las mujeres vienen  a comprar a diario, no hay nada procesado, comida saludable, verdura, carne, pescado, sapos… sí, sapos, gusanos, pájaros para freír… sí pájaros, y muchísima, muchísima fruta. Es un orgasmo visual.

La banda sonora de este lugar son las motos y… el karaoke. Sí, los vietnamitas son unos auténticos cantantes, a su manera, claro. Así que en medio de las transacciones comerciales encontramos en un rincón a la mujer que ameniza el momento con su micrófono-altavoz que luce con orgullo. Mientras los hombres aprovechan para cortarse el pelo en la barbería o tomar un té. Está claro que muchos de ellos trabajan de profesores, de albañiles… por ser trabajos más fijos y no depender de buenas cosechas, pero aquí las mujeres son las que mueven la economía diaria.

Cuando sales de la ruta marcada sucede la magia

Tras dejar el mercado, tenemos de nuevo suerte. Otro día más que vamos tras los pasos del monzón ya que en los anteriores en estas zonas ha diluviado. Pero seguimos en racha porque aprovechamos las jornadas de descanso del temporal para disfrutar del sol y poder andar.

Así nos sucede con todos lo miradores en los que nos detenemos. Ver los rayos del sol descender por el verdor de los campos es un regalo visual. En el mirador de Tu Le empezamos a ver los arrozales de montaña.

Justo los días anteriores en estas zonas ha diluviado, pero seguimos en racha porque aprovechamos las jornadas de descanso del temporal para disfrutar del sol y poder andar

Nuestro coche sigue la carretera hasta que más adelante y a pie, en La Pán Tân, descubrimos la magia de perdernos por el camino y ver por primera vez a los integrantes de la etnia h’mong negro con sus grandes pendientes, su colorido y sus pantalones negros. Encontramos a dos mujeres nada más comenzar nuestra ruta por un bosque lleno de pinos. Pinos, ¡quién lo diría en Vietnam! Están en su casa rodeadas de maíz, «aquí cuanto más maíz colgado hay más abundancia habrá en ese hogar», nos esclarece Nhung.

Pero la gran sorpresa está un poco más arriba de la ladera. Tras atravesar unos caminos llenos de barro por toda la lluvia caída, perder alguna que otra sandalia en el fango o simplemente darnos un chapuzón en el lodo para que nuestros pies se mantengan suaves el resto del viaje, el escenario cambia y los pinos se abren dejando paso a unos campos de arroz de altura y de profundidad infinita. Al fondo las altas montañas y el cielo azul. No nos hace falta ningún filtro en nuestros smartphones para captar el momento. Simplemente paramos y respiramos. Abajo el río, nada más y el silencio nos invade. Coge aire y contempla.

Ver los rayos del sol descender por el verdor de los campos es un regalo visual

Es hora de volver al coche para seguir el camino. El pueblo de Mu Cang Chài nos espera para pasar la noche. Igual estructura de casa, pero distinta etnia. «¿Los anfitriones de hoy son de la etnia h’mong?», pregunto… «¡Noooo…! son thai blanco…» dice Nhung, «mañana conoceremos a los de la etnia dzao y giay.»

GUÍA PRÁCTICA:

 Cómo llegar

Tienes varios vuelos desde Madrid y Barcelona con escalas vía Dubái o Moscú. La más económica es la ruta rusa.

Qué comer

Vietnam es famoso por tener una amplia variedad de alimentos en su gastronomía (carne, pescado, fruta, verdura…). Bien es cierto que el arroz es la base de su comida y muchos de los platos están cocinados con este cereal, desde el desayuno a la cena, pero es muy amplia la presentación de este: fideos, pollitos, frito, cocido, etc.

Dónde dormir

En Hanói te aconsejamos el hotel SuperHanói ya que está en pleno centro de la ciudad y es muy cómodo moverse a cualquier lado. Para el resto del recorrido, puedes reservar a través de Asiática Travel en las casas de huéspedes (guest house) variadas que nos hospedamos. Te aconsejamos que contactes con la agencia ya que muchas de estas casas sólo trabajan a través de mayoristas y es complicado hablar con ellos de otra manera.

Transporte

Para moverte por el resto de Vietnam no tendrás problemas con el tren o con los autobuses públicos, pero para el recorrido realizado es aconsejable alquilar un coche con conductor ya que los autobuses de línea muchas veces cambian el recorrido según el estado de las carreteras y llegar a estas aldeas es tarea imposible. Puedes alquilar motos para viajar, pero la conducción en Vietnam es bastante particular y peligroso para alguien que no está acostumbrado.

Seguridad

En verdad la zona norte de Vietnam, excepto Sa Pa, no es la más turística del país, pero no por ello es más peligroso o menos seguro. Con lo que realmente tendrás que tener cuidado es con los mosquitos cuando cae el sol y con el licor de arroz…

REPORTAJE EN COLABORACIÓN CON:
Asiatica Travel
Bárbara M. Díez

Directora y diseñadora de Babilonia’s Travel. Madrileña de nacimiento (1980) y enamorada de Barcelona (2013). En 2004, a su formación y experiencia como periodista, se une la infografía y el diseño ya que es en el periódico El Mundo (2004), en elEconomista (2006) y en el diario Negocio (2007) donde le enseñan a unir las letras al diseño, para después incorporarse a la redacción de revistas como Altaïr (2013), Fleet People (2012)… y cofundar la primera asociación de bloggers de viajes de Barcelona (2013). Después de más de 40 países visitados sabe que lo que importa son las personas y no coleccionar lugares ni fotos en un disco duro. Amante de la palabra «viajar» y vitalista. Curiosea y socializa con todo aquel que se le cruza en el camino para narrar y diseñar una buena historia.

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